El ascensor
Cada cierto tiempo sueño con un ascensor. Por fuera es
normal, con su puerta de entrada, su botón de llamada y su ventanilla que, al
llenarse de luz, te indica que ha llegado. Por fuera es normal, pero cuando
entro, ya deja de serlo. En el ascensor siempre hay alguien. A veces es un niño
pequeño, otras un adolescente y en la minoría de los casos, un adulto. Nunca me
preguntan adónde quiero ir, pero tampoco es que lo sepa con certeza. Sin
embargo, ellos siempre lo tienen claro. Y cuando miro los números de las
plantas –las opciones-, veo que nada era lo que parecía cuando me metí en él ¿Es
que acaso no es el ascensor de los pares? ¿Por qué hay números impares? ¿Por
qué hay entreplantas? ¿Y los números con decimales? Para cuando lo he
descubierto, las luces parpadean. Unas ocasiones son azules, otras moradas. Yo
no entiendo nada y quien me acompañaba ya no está. Supongo que ya había llegado
a su destino ¿Verdad? En medio del caos me acuerdo del sitio al que quería ir,
pero ya no estoy tan segura de ello, de si es una buena idea, de si debería
bajarme en esa planta. Y el ascensor parece ahora un semáforo. El rojo, el
verde y el ámbar se suceden, pero no termino de comprender la sucesión de
colores ni lo que quieren decir. Parece que me anuncian tragedias futuras y
ascensos, que eso es una autopista hacia el cielo y un coche divino me va a
arrollar, pero ¿Avanzaré y pasaré por peligros? ¿Los sufriré y luego continuaré?
¿O seguiré mi camino mientras los padezco? Y tras las luces, viene el ruido,
como pasaba con los relámpagos y los truenos. El ascensor se llena de verde,
pero no era verde esperanza, sino un verde oscuro, apagado. Y me da una
sensación de tambaleo, de que me voy a caer de un momento para otro, y la
claustrofobia y el vértigo se apoderan de mí, como si lanzasen un ataúd al mar
y yo estuviera dentro. Pero, cuando menos lo espero, se detiene. Abro la puerta
y salgo. Hay escaleras, y una cúpula por la que entra una luz serena. El lugar,
sin embargo, no es ni claro ni oscuro. Tiene sus sombras, su tenuidad y su
iluminación, pero no puedo determinar si el sitio me calma o me aterra. Puede
que sea porque no sepa dónde estoy, porque fuera del ascensor la indecisión me
persigue o porque no sé si realmente quiero estar allí, pero no puedo hacer
nada para evitarlo. Tal vez era mi destino bajarme en esa planta, o, tal vez no
lo era, y el engranaje de aquel bloque de pisos falló. Luego recuerdo que estoy
en un sueño y que puedo escapar de ahí cuando quiera, pero, ¿y si lo que hay
fuera de mi espacio onírico es más arbitrario que aquello que las leyes de mi
subconsciente disponen? Me despierto temblando, sin saber a qué temo más, si a
la imposición, a la exposición o a la indecisión.
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