Retrato de una sombra del ayer

 A veces estás. Te manifiestas como un espectro en los pasillos sombríos de mi casa. Me tengo que recordar a mí misma entonces que eres una memoria prófuga de un ayer inacabado. Te deslizas por las esquinas agudas de mi casa, entre las penumbras de esta, vigilando y, al mismo tiempo, no dejándote vigilar. Y cuando sé que estás, cuando noto cómo las paredes blancas, de gotelé, de mi casa se convierten en un triste fondo para tu fantasmagórica aparición, te desvaneces en un haz de luz.

No eres la sombra de un alguien que se marchó hace tiempo, ni tampoco una premonición de un mañana tardío. Eres solo un visitante extracorpóreo que mora en mi hogar, en mi mente, en mi ser entero. Que vaga, taciturno, en busca de palabras y gestos que ni yo transmití, ni tú expediste. Ocupas entonces la inmensidad de mis habitaciones, y al mismo tiempo las vacías, vaciándome a mí con ellas.

En esas veces en que creo que estás, recuerdo que no estás, que nunca estuviste, que nunca fuiste. No al menos como yo te concebí. Solo eras un producto de una mente ilusoria que, desesperada, crea en secuencias memorias vívidas de un tiempo que nunca existió para traer sensaciones carentes de nombre a mi vida. Descubro entonces que, alejados de una realidad fulminante, nos hemos convertido en rostros desfigurados en el vaho de un espejo inexistente, en la vigilia de la oniria tardía de una película de sobremesa. En un ser y no ser, en recuerdos que ni se olvidan ni se terminan de recordar. Y por eso me acompañas en este extraño paseo, vigilándome y, al mismo tiempo, dejándome estar. Al fin y al cabo, solo eres una silueta pintada de gris. Una lucha de memorias vagas de pasados que fueron una vez importantes.  

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